Un buen final, en cualquier situación, es tan necesario como un buen digestivo al finalizar una copiosa comida. Un carajillo. O un anís. O el digestivo que sea. Acompañado de una buena plática, pocas cosas son tan memorables.
No cerrar situaciones es tan crítico a veces que deja con una deuda emocional de por vida a quien no se pudo despedir. Una complicación de salud grave pero anunciada, deja espacio suficiente para procesar el futuro evento disruptivo. Pero si de buenas a primeras alguien falta, y resulta que había cosas por decir, actividades por hacer, planes por concretar, puede ser devastador.
También es cierto que así es la vida. Todos sabemos que hubo una última vez que vimos a un buen amigo, a un familiar o a una mascota. Sin ir tan lejos, hace poco quitaron un restaurante de mariscos a la entrada de la colonia y sentí que algo pasaba. Había querido ir desde que llegamos a vivir aquí, hace 21 años y nunca se dio.
Así es la vida y así funcionamos. Nuestro cerebro tiene cosas más importantes qué resolver antes que pensar que algo que ha estado, está y no tiene porqué no estar, ya no estará. También es cierto que ya no estamos tan involucrados con la muerte. La percibimos como algo de lo que no se deben enterar los pequeños y simplemente se las ocultamos. Claro, los que tienen mascota no se libran del golpe que de repente les llega cuando se duerme. Pero por lo demás, la muerte es tabú.
Así las cosas, hay algo a considerar: Buenas series sin continuidad.
Si no hacen toda una temporada adicional para cerrar círculos, ¿no podrían, por ley y por consideración a los que gastamos tiempo viéndolas, hacer un capítulo extra donde se resuma el destino de los protagonistas?
Terminé de ver los capítulos disponibles de la serie de Marco Polo, que más allá de su excelente fotografía y producción, es un tesoro al proyectar desde otro ángulo la cultura mongol, avanzada en muchos aspectos a la cultura occidental, en ese entonces Roma y Constantinopla. El nieto de Gengis Khan, un verdadero líder, se enfrentó, como todos los líderes, a política palaciega, a luchar contra sus miedos e inseguridades e incluso a hijos desobedientes y esposas celosas. Pero en aras de continuar la mercadotecnia del mundo occidental, no se sabe mucho de todo esto. Tampoco se conoce que en la corte del Khan se pareciaba el consejo de los foráneos, o que se legisló el respeto a las mascotas.
Pero terminó. Ya no supimos la suerte de la chica que apenas escapó. Tampoco del Khan, ni de Marco Polo mismo. Tendré que investigarlo, desde un punto de vista histórico, pero al menos la serie despertó esa curiosidad.
El Guerrero de Chinatown, menos ambiciosa y con muchos clichés, desarrolla una historia a la mitad de Good Fellas y El puño del Dragón. Franco homenaje a Bruce Lee, basado en su idea de una película que retratara Chinatown en San Francisco, también fue truncada. Solo nos dejaron tres temporadas.
Hay un movimiento en X para apoyar la serie y, dado que Netflix la compró, se grabe la cuarta temporada. Qué bueno sería. Y si no se da, al menos un blog oficial que trace la posible senda que hubiera seguido la trama. Sentaría un precedente.